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Reflexiones entorno a una supuesta forma de participación

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El II Seminario Internacional de Acueductos Rurales y Municipio Prestadores Directos, que se efectuó en Medellín (Plaza Mayor) el 19 y 20 de Mayo de 2015 se convocó presuntamente con los “objetivos de pensar, disertar y revisar la contribución que desde el sector de los servicios públicos domiciliarios debe desarrollarse para integrar la población rural colombiana a unos estándares mínimos de desarrollo que se traduzcan en el mejoramiento de su calidad de vida con un enfoque de sostenibilidad”; y supuestamente esperando “construir de manera participativa una agenda de trabajo que se tradujera en el mejoramiento de las condiciones de vida de la ciudadanía residente en centros poblados con vocación rural”, así tal cual fue expuesto en los documentos de convocatoria.

Entendida la participación ciudadana tal como lo plantea nuestra Carta Magna, significa “decidir junto con otros” y siendo esos “otros” ciudadanos(as), usuarios de servicios, productores de servicios y demás entes e instituciones que se involucran y participan en la escogencia; es la acción que se concreta en un quehacer del ciudadano (hombre, mujer), en el territorio del que es integrante.

En efecto, no es mera teoría, se trata de un derecho y al mismo tiempo un deber de todas las personas cuando mantenemos contacto con el territorio que nos hospeda y por ese hecho adquirimos la calidad de ciudadanos, la que obtenemos por querer vivir en él, intervenir en él, defenderlo si es necesario y cambiarlo cuando lo consideremos oportuno.

Entendida la participación ciudadana tal como lo plantea nuestra Carta Magna, significa “decidir junto con otros” y siendo esos “otros” ciudadanos(as), usuarios de servicios, productores de servicios y demás entes e instituciones que se involucran y participan en la escogencia; es la acción que se concreta en un quehacer del ciudadano (hombre, mujer), en el territorio del que es integrante.

Bueno, en este evento teníamos expectativas de formular preguntas, expresar la realidad en que vivimos cotidianamente en nuestros lugares de origen, generar reflexión y construcción de los principios y valores de la participación no de forma abstracta, sino concreta, y de manera activa, partiendo de nuestras necesidades para establecer las prioridades en la planeación y en un ambiente de total transparencia. Sin embargo, no sucedió así. Reiteramos que no podemos caer en la trampa de la participación, sin que sea vinculante, pues de lo contario reducimos nuestra participación a una asistencia subordinada. “Por los entusiastas de la autoridad, por quienes piensan que la sociedad no es viable si no se funda en la fuerza y sumisión ante las arbitrariedades del Estado, las pequeñas tiranías de los funcionarios y las profusas manipulaciones del poder” (Poeta Colombiano William Ospina).

En voz de la Gerencia de Servicios Públicos del Departamento y desde Antioquia “La más educada”, Astrid Helena Barrera Roldán, identifica a la gestión social y pública del agua con descalificaciones aberrantes y en palabras de gran calibre, en omisión intencionada de las propias expresiones culturales, eficiencia social y concurso ambiental de las comunidades organizadas, y en una enajenación de un vivir para el que se construyen pautas alineantes, en procura de una “modernidad” descentrada, lejos de nuestra propia realidad y con marcos de referencia foráneos que avasallan nuestra identidad cultural e histórica, y aquella que se da en el plano de lo socio-político-cultural así como en el plano de lo nacional, regional o subregional.

¿Será que desde la Gobernación de Antioquia existe la creencia generalizada de que la educación implica, por sí misma, un perfeccionamiento continuo, de tal modo que a dosis crecientes de más educación se obtendría indefectiblemente una sociedad con mayor desarrollo, más democrática y con mayor integración social? En contraposición con que una educación que viene de fuera y se impone a otra realidad distinta de la de su origen, es un trasplante en un medio distinto para depreciar y devastar las culturas autóctonas.

¿Será acaso que el campesinado colombiano, las culturas afro, indígenas y/o negras, en sus difíciles orígenes memorables, incorporaron en su vivir prácticas que hoy descollan en el dominador sólo por la posesión de recursos y por el poder que ejerce a partir de la apropiación privada de los mismos, y no sólo por su posición en el proceso de producción, sino porque además y, como pertenece a otra “cultura” y a otra “raza” consideradas como superiores, ejerza en el dominado, no sólo por ser pobre y dueño de sólo su propia pobreza, sino también y principalmente, por ser “tan poca cosa” le hacen merecedor de calificativos indelicados, porque solo el “educado” es quien debe administrarle sus carencias y dosificarle su exterminio?

Los descalificativos recibidos como retribución a la deuda histórica, por la autogestión en garantía del derecho humano al agua a nuestros congéneres, en ausencia de ese Estado cuyas políticas en agua y saneamiento han sido y en perspectiva se siguen tejiendo como un completo desastre e ignominiosa inversión de los recursos públicos; así como la irreverencia hacia los recursos naturales que constituyen nicho de vida y hoy se encuentran atornillados a la infamia de la comercialización del agua, con desprecio absoluto de la autonomía de los entes gubernamentales del orden local, departamental y nacional.

Del desconocimiento absoluto, los acueductos comunitarios pasamos a ser invitados a espacios prediseñados, donde es utilizada nuestra condición histórica organizativa y autogestionaria, con la que hemos sido garantes del acceso humano al agua en nuestros territorios por toda la vida; hecho que no es importante para el debido reconocimiento, pero sí reviste trascendencia como “aglutinamiento de masas” para legitimar acciones y simular consensos, en pro de una tramitología jurídica contradictoria, concebida por una tecnoestructura decisoria, con base en el conocimiento supuestamente especializado, sin tener en cuenta el talento o la experiencia, estadio desde donde se establece la planeación, organización, desarrollo y coordinación, así como también las técnicas de control capaces de promover el desempeño eficiente, a la vez que el medio que permite a las personas que colaboran en ella, alcanzar los objetivos.

Del desconocimiento absoluto, los acueductos comunitarios pasamos a ser invitados a espacios prediseñados, donde es utilizada nuestra condición histórica organizativa y autogestionaria, con la que hemos sido garantes del acceso humano al agua en nuestros territorios por toda la vida; hecho que no es importante para el debido reconocimiento, pero sí reviste trascendencia como “aglutinamiento de masas” para legitimar acciones y simular consensos.

Desde las anotaciones, reflexiones hechas y experiencias vividas concluimos: Que una Política Pública para la Ruralidad que se ha cimentado en un Diagnóstico en negativo que invisibiliza la capacidad de la población de crear, en forma enteramente libre y autónoma sus propias condiciones históricas de vida; que no reconoce e incorpora la apropiación y control de la cultura que está asociada a toda práctica humana en esta materia, así como la apropiación y control sobre la generación y uso de los conocimientos, tecnologías, saberes, valores, modos de interpretar el mundo y sobre la producción del universo cultural; difícilmente podrá dársele la connotación de “pública” ni arrojará ningún resultado positivo, si voluntariamente no es introyectada, porque no ha sido construida con la gente, para la gente y la solución de sus problemas.

Desde estos puntos de vista, lo inducido al margen de la identidad cultural no se mantiene, porque necesita que los nuevos elementos culturales, vengan de donde vinieren, sean recibidos, incorporados y utilizados soberanamente, es decir, bajo el control de los receptores, en función de su propia práctica, de sus necesidades de desarrollo y de sus intereses históricos de sus localidades.

Red Nacional de Acueductos Comunitarios de Colombia. Julio de 2015.

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